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jueves, 5 de abril de 2018

Mi aporte


Cuando era niña, vivía  la semana santa llena de contradicciones. Recuerdo qué los cines, teatros,  y todo tipo de locales de distracción , permanecían cerrados. Las procesiones, eran el único entretenimiento esos días.
Las mujeres llevaban un velo negro tapando sus cabezas, vestían de oscuro , y no podían entrar a la iglesia en manga corta.
En una sociedad donde la mujer no tenía casi tiempo para ella, esa semana se complicaban más sus tareas. Era pecado comer carne y todos sus derivados. Los bilbaínos , hacíamos largas colas a las puertas de las tiendas de  bacalao.  Y mi padre, qué era agnóstico, se pasaba el tiempo refunfuñando sobre los curas y sus tropelías. Mi madre, qué era bastante religiosa, intentaba convencer a su marido.  Resultado ?Pasaban la semana discutiendo.  Cuando llegaba el lunes, y acababan todas las proibiciones, invariablemente, mis padres volvían a ser una pareja genial, con sus bromas, sus abrazos y besos. Eso a mí me dejaba bastante perpleja.
Esta semana santa, he visto lo bien qué conviven los fieles y los turistas en León, alrededor de raciones de todo tipo de carnes y vinos reina la alegría y el buen humor.  Cuando escuchan las trompetas y tambores salen de los bares en silencio, para disfrutar de los preciosos pasos y la seriedad de los cofrades, que con tanto esfuerzo los portan por las calles de la ciudad. Distintos sentimientos que conviven sin ningún problema, con la libertad de elegir como vivir la Semana santa.