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viernes, 7 de diciembre de 2012

CUENTO DE AMOR .



En esta pareja , el amor había pasado por casi todas las pruebas posibles, y siempre había vuelto. Quizá nunca se fue del todo, pero también es cierto que mas de una vez hubieron de esforzarse mucho, para volver a encontrarlo.

Así la vejez llego a ellos con su equipaje de achaques y molestias, pero también con sabiduría, y serenidad.
Poco tenían que  hacer, pero  lo que más les  gustaba era sentarse frente a la ventana que daba al jardín. 
Se tomaban de las manos, y recordaban no solo los tiempos difíciles, sino también los malos, esos en que los celos, o las confusiones, habían estado a punto de separarlos.
Entonces se decían que su amor, era fruto de tener el valor de querer conservarlo. 
Hemos sido valientes - acababan suspirando a dúo- y cada uno sabia porqué. Se solían preguntar qué era lo más añorado, o qué les había quedado por hacer.
Darían cualquier cosa por intentarlo, ¡ lo pensaban!
inventaban historias, y bromeaban, aunque a la hora de la verdad...cada uno concluía en el mismo deseo .
Me hubiera gustado tanto tener un hijo -decía ella-   
Me gustaría ser joven para volver a intentarlo -decía el-
pero si la naturaleza había hecho sus trampas en secreto, el tiempo jugó con sus cartas a la vista, de modo qué la vejez, los encontró unidos , y sin descendencia. Pero a este amor, aun faltaban ciertas pruebas.
Una mañana llegó hasta la casa el sonido de una música de campanillas, y tamboriles; Tardaron un rato en darse cuenta, de que no se trataba de una carabana de gitanos, ni de un circo, ni de vendedores ambulantes.Así que como cualquier novedad valía la pena, para salir de la rutina, se tomaron del brazo, y bajaron hasta el camino .
A lo lejos se acercaba un carromato verdadera mente pintoresco. Nunca habían visto nada igual, lleno de objetos, y trastos extraños, pequeñas máquinas, y artefactos  que parecían estar en perpetuo funcionamiento. unos subían y bajaban, otros bufaban y largaban humo, otros giraban sobre sí mismos, había ruedas, manivelas, poleas y engranajes, que se movían aquí y allá, produciendo aquel sonido inverosímil, como el de una orquesta absolutamente desconcertada.
 Lo más curioso es que no se veía a nadie conduciendo, aquel objeto  se aproximo a los ancianos, hasta situarse frente a ellos, y allí se  detuvo. El silencio volvió a reinar en la calle, cuando de pronto un bostezo qué venia de la parte de atrás, sonó  como un trompetazo, la pareja se miró asustada, pensando si seria el bostezo de alguna bestia, de las qué solían llevar los circos ambulantes.
Con mucha cautela rodearon el mamotreto, y allí vieron
< aquello >  era  un ser tan raro como el vehículo : entre cojines 
había un hombre de indefinible edad, inmensamente gordo,  y semi desnudo, frotándose los ojos con absoluta parsimonia.
Cuando se quito las manos de la cara, vieron que tenia los rasgos   de un niño : cachetes sonrosados, piel tersa, y ojos pícaros, brillando entre una mata de rizos rubios. ¡ Ah, sois vosotros !
-dijo- tomar estas botellas, son para vuestras.
¿ Quien es "Ah"?  los dos somos " Ah" - dijo el anciano-
El dueño del carromato, se encogió de hombros bostezó y farfullando unas palabras inteligibles puso el carromato en marcha sin escucharlos.
¿Qué hacemos con esto ? - le dijeron los ancianos-
El otro les grito que bebieran el líquido del frasco. Oyeron palabras sueltas < amor, deseos > Hasta que desapareció de la vista de la pareja.
Los ancianos hablaron de si era bueno tomar el líquido y como debian tomarlo, y decidieron hacerlo uno primero del otro.
-Ella decía- tu eres mas ágil que yo y si hace falta llamar al médico llegaras antes .
¡ Lo haré yo! insistió el; Pero en el fondo se protegían el uno al otro, de modo que pasaban los días y las botellas seguían allí.
La curiosidad femenina pudo más, o quizá su coraje fue mayor. La anciana se levanto en la noche y del botellín más pequeño, bebió un sorbo y volvió a acostarse con su marido. Cuando se despertó
 se sentía mejor que nunca abrió los ojos y se encontró con los de el muy cerca de su rostro. El sonreía con ternura y le acariciaba el rostro <  lo has probado, picarona >, le susurró al oído. Ella le interrogo con la mirada, y el le alargo un espejo.
La mujer dio un brinco  lanzo un grito. Era otra quien se reflejaba en el espejo; Era otra y ella misma, con veinte años menos su piel estaba lozana, sus cabellos, sus huesos, sus músculos latían con sangre nueva. La pareja se abrazo y lloraron juntos y forjaron mil proyectos; Reían y se miraban, hablaban juntos y luego se callaban a la vez; Sus cabezas bullían y las manos se enredaban en caricias, la tarde les sorprendió en el mismo sitio, sentados al borde del lecho, y sin saber que hacer ni como seguir adelante con aquella locura. Después de mucho tiempo llegaron a la conclusión que les pareció más lógica. Harían como si no hubiera pasado nada y ella tomaría otro sorbo esa misma noche. Si todo seguía igual, le tocaría a el tomarlo...Por la mañana una chica de veinte años andaba de allá para acá moviendo trastos y quitando el polvo a los muebles, corriendo cada poco a mirarse al espejo mientras un anciano de ochenta años la miraba arrobado desde la mecedora 
< no veo la hora de que lo hagas > decía ella, cubriéndolo de besos.
< ya veremos > decía el, con una sonrisa, esa noche se fueron a dormir como siempre, con las manos unidas bajo las sábanas. El espero un rato y se levanto a escribir una última carta para ella.
Tenia que darle esa oportunidad a ella, por sus sueños, porque la amaba demasiado como para dejar que sufriera otra vez, volvio al leho y se  abrazo  a ella, sintiendo una infinita ternura al hacerlo. 
La despertó un sonido extraño, estaba amaneciendo y el no estaba a su lado. Sobre  la mesilla había una carta y una botella vacía. ¡No ! -grito ella sin acabar de leerla. Pero otro grito ya le reclamaba desde la habitación . 
Allí, entre las sábanas bordadas que nunca llegaron a usarse, estaba el, ella se arrodillo llorando junto a la cama...El también lloraba, pero de su viejo amor no quedaba ni un solo recuerdo.Tal vez ese hambre que hace llorar a los recién nacidos